Crónica de la visita a la Casa de las Ciencias

Publicado por a 28 octubre, 2016

La Casa de las Ciencias es, sin duda, uno de los emblemas más apreciados de nuestra ciudad. Si la Torre de Hércules, nuestro símbolo por antonomasia, ilumina los mares de este Finisterre, el museo del parque de Santa Margarita arroja la luz del conocimiento sobre esas sombras de ignorancia que a todos, en alguna medida, aún nos alcanzan.

Muchas veces he estado en sus instalaciones, tanto como visitante curioso, profesor o padre. En esta ocasión lo hice como integrante de una visita guiada organizada por la Asociación de Amigos de la Casa de las Ciencias. El guía fue Marcos Pérez Maldonado, su director.

De manera clara y didáctica, Marcos, nos fue introduciendo en la filosofía que rige la institución y que se puede resumir en la frase: “Prohibido no tocar”. Ni que decir tiene, que todos nos aprestamos de manera casi instantánea a no contravenir dicho imperativo. Los niños, entre los que se encontraban mis hijas, fueron los que menos desobedecieron, pasando todo el rato deambulando y curioseando aquí y allá.

A diferencia de otros museos, en los que las explicaciones ofrecidas en los paneles son profusas y cargadas de datos, la Casa de las Ciencias es parca en detalles esperando que sean los propios usuarios –nunca mejor expresado- los que ensayen posibles explicaciones o indaguen en las respuestas más adecuadas. Este procedimiento, como nos explicaron, está basado en la idea constructivista de Piaget, psicólogo y pedagogo suizo que abogaba por el aprendizaje a partir de la propia experiencia personal en contraste con la enseñanza instructiva. Así, de manera lenta y casi jugando los niños –y no tan niños- se convierten en científicos. No en vano, la ciencia, como su madre la filosofía, nace y se desarrolla con preguntas y dudas que las generaciones sucesivas se encargarán de resolver, si pueden.

Mientras el director del museo nos enseñaba la incubadora en la que lo pollitos salían de su cascarón, los niños se agolpaban en un módulo que permitía dibujar extrañas curvas mediante un ingenioso mecanismo de péndulos solidarios con un soporte para un bolígrafo. Estos péndulos no fueron los únicos que vimos. En una planta superior se representaba una exposición sobre ellos en la que se mostraban péndulos con distintas longitudes de hilo y diferentes masas. Lo más llamativo de ella, cuyo nombre no pudo ser más apropiado: Puro Swing, era un sistema de columpios en el que pudimos experimentar el extraño fenómeno de la transmisión de movimientos. Dos asistentes tomaron asiento en sendos columpios, uno de los dos permanecería en reposo y el otro se columpiaría de forma enérgica. De manera casi mágica, el que estaba inmóvil comenzaba a bambolearse lentamente al tiempo que el otro disminuía de manera involuntaria su velocidad de oscilación hasta que al final se invertían los papeles: quien comenzó moviéndose terminaría quieto y viceversa.

Resulta curioso como un dispositivo tan simple como el péndulo, que ya cautivara la atención de Galileo, distraído en misa contando con los latidos del corazón el tiempo que tardaba una lámpara en ir de un lado al otro, pueda suscitar tantas reflexiones. Por ejemplo, tal y como el propio Marcos nos contó, la incongruencia que se da en algunas películas y comics – Tarzán, Spiderman, etc.- en donde los superhéroes mediante una cuerda de gran longitud se desplazan a toda velocidad por Manhattan o por la selva (¿?) africana. Algo que impiden las leyes de la física que rigen el movimiento pendular.

Pero si hablamos de péndulos, no podemos olvidar al campeón de todos ellos: el de Foucault. Con un dispositivo similar a este, Léon Foucault realizó su célebre experimento en el Observatorio de París en 1851. Con él puso de manifiesto de forma elegante la rotación

terrestre. Según el guía, nuestro péndulo tiene una masa oscilante de 125 kilos y un cable de acero de 14 metros de longitud. El original de Paris tenía 28 kg de masa y un cable de 67 m.

En la última sala que visitamos vimos una exposición que versaba sobre prensa y ciencia, es decir, como se tratan periodísticamente las noticias referentes a asuntos tales como: la energía nuclear, cambio climático, etc. Finalmente, algunos de nosotros nos quedamos a presenciar una sesión en el planetario. La proyección de planetas, constelaciones y galaxias, junto con la música que la acompaña subsumen al espectador en un estado cuasi-hipnótico que nos recuerda que, de alguna manera, todos somos hijos del cosmos.

Durante el recorrido, me percaté de las preguntas que algunos niños hacían a sus padres y abuelos; incluso entre ellos. También nosotros, los adultos, nos inquiríamos sin cesar, como si retrocediéramos nuestra etapa escolar, viendo lo cotidiano con los ojos que miran por primera vez. Piaget consiguió el milagro: la curiosidad había vencido a la edad

Juan José Galán

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