Crónica del viaje a Oporto

Publicado por a 13 octubre, 2016

Oporto

Nos alejamos de las aguas de nuestro Océano Atlántico para acercarnos donde el Duero descansa antes de ir al mar, el mismo mar, y lo hicimos con plena confianza, sabiendo que todo lo que no dependía del azar estaría a nuestro favor. La impecable organización de nuestro pequeño largo viaje anual no eclipsaría la magia de la incertidumbre viajera. Era el 1 de julio de 2016. Casi sin casi darnos cuenta, entre charlas, siesta, descanso con café o sin él, paseos por los pensamientos, risas y sueños, llegamos en microbús a Oporto.

Dicen que Oporto hay que pasearla así que con tranquilidad nos sumergimos en el bullicio de la ciudad, saboreando cada instante mientras buscábamos el puerto. El barrio de Ribeira ya no era una estampa encantadora, sino que respiraba con nosotros. Al frente, unidos por el Puente de Luis I, la Vila Nova de Gaia, que a mí me recordó el barrio de Triana y el Guadalquivir. El mosaico de luces fue cambiando con el anochecer y decidimos, tras una deliciosa cena en un típico restaurante melancólico y acogedor, regresar al hotel. En el camino, de nuevo un mosaico, pero no de luces sino de sonidos: diferentes idiomas con sus distintas entonaciones, la música moderna de una fiesta nocturna en un local comercial, y siguiendo la senda sonora llegamos a la Estación de San Benito, donde un grupo de bailarines de diferentes edades interpretaba danzas de distintas épocas y lugares del mundo, en un entorno inolvidable. Los aplausos agradecidos hablaban un lenguaje universal. Felices y cansados, regresamos al hotel.

Aconsejados por nuestro guía, y como es tradicional en Oporto, comenzamos nuestra andadura, el sábado temprano, con una parada en la Leitería da Quinta do Paco. De estar ahí mi madre, diría en el desayuno: “Hay que dejar sitio al Eclaire”. Dicen que se trata de un pastel de masa crujiente y textura suave. A saber, cuántas historias contaría el lugar, desde su inauguración, en 1920.

Nuestra visita guiada comenzó en el centro histórico. Como dos hermanas siamesas, las iglesias de Carmo y de los Carmelitas nos mostraron la tradición católica de Portugal. Cada una con un estilo diferente de construcción y con algún elemento típico común, el azulejo, y el granito en la fachada principal.

Muy cerca de allí, en la Rúa das Carmelitas, nos encontramos una fachada con detalles modernistas y neogóticos. Entrar en la librería Lello, para muchos la más hermosa de mundo, es adentrarse en un universo mágico. Subiendo la escalera de cuento, en las grandes vidrieras del techo, leímos el lema de la librería: “Decus in Labore” (Orgullo por el trabajo). Algunas personas deseamos olvidarnos del tiempo, pero debíamos continuar.

Dicen que, si alguien se pierde por el Duero, podrá orientarse observando la Torre de los Clérigos, una de las partes más elevadas de la ciudad, de estilo barroco portugués. No pudimos subir sus 240 peldaños, con lo que nos perdimos una privilegiada panorámica y sus 49 campanas formando un carillón. Allí, donde está situada la Torre

de los Clérigos, se enterraban a los ajusticiados por lo que se denomina “cerro de los ahorcados. “

Miramos entonces hacia otro lado y caminamos hacia la Plaza de la Libertad, donde el rey Pedro IV, tallado en bronce por el escultor francés Celestino Calmés, sostiene en su mano derecha la Carta Constitucional de 1826 y a la izquierda las riendas del caballo. Caminamos por la Avenida de los Aliados, observando edificios modernistas de principios del siglo XX, como el Ayuntamiento o algunos bancos, y nos dirigimos al Mercado de Bolhao. No compramos carne, ni pescado, ni fruta, ni flores. En diez minutos curioseamos uno de los edificios más emblemáticos de la ciudad, saboreando su esencia decadente y nostálgica, nada que ver con nuestro siguiente destino, la céntrica calle comercial Santa Catarina, y, en ella, el esplendoroso Café Majestic, declarado Patrimonio cultural en 1983, rezumante de Belle Époque.

La cálida voz de un artista callejero calló ante el repique de las campanas, y nuestra atención fue entonces para el espectáculo de los “navegantes conquistadores”, que cobran vida saliendo por una portezuela y caminan, divertidos, al pulso de las campanas. Era la hora planificada para acercarnos a la estación de tren de S. Bento, esta vez con luz de día. En el atrio, veinte mil azulejos representan la historia de Portugal y del ferrocarril. El autor, Jorge Colaco. Lamentamos irnos de allí, pero nos esperaban en Casa Nanda, uno de los restaurantes más típicos de Oporto, donde nuevamente mimaron nuestro paladar y nuestro bienestar.

Las tardes siempre son más perezosas, pero quisimos visitar la Catedral, de estilo románico y gótico. En el centro, una columna, el pelourinho, donde se colgaban los criminales. Parece ser que fue esculpido en 1940 sólo para decorar la plaza, es decir, nunca fue utilizado. Lo que sí es real es la vista que se puede disfrutar desde allí, de la Ribeira y del Casco Antiguo. Y en nuestro viaje por la historia llegamos al Palacio de la Bolsa, de estilo neoclásico. Quedamos encantados con esta visita, y asombrados y maravillados al entrar en la Sala Arábiga, inspirada en el Palacio de la alhambra de Granada; esa emoción que con frecuencia nos produce la belleza de la creación humana.

Tras la visita a las catacumbas y al claustro de la Iglesia de San Francisco, tomamos el funicular para visitar el Teatro Nacional de S. Joao y la Iglesia de Santo Ildefonso. Al mismo tiempo que disfrutaba de las vistas, no pude evitar pensar en el grave accidente que tuvo en 1893, que lo cerró hasta 2004, pero pronto lo olvidé. Teníamos tiempo libre. La visita había concluido. La mayoría descansamos en el hotel y volvimos a salir, perdiéndonos y encontrándonos en nuestro camino hacia el lugar de la cena, donde nos relajamos en un entorno agradable, y, como siempre, con un cuidado y apetecible menú.

Y así llegamos al último día de nuestro viaje, en el que visitamos el Jardín Botánico de la Universidad de Oporto, de estilo romántico. La naturaleza siempre es una agradable compañera y también nuestra amena guía, sin cuya labor sin duda algunos nos perderíamos en sus 6 hectáreas. Para terminar, una visita improvisada a la Casa de la Música, singular construcción símbolo del nuevo Oporto.

Comer en Póvoa de Varzím fue el broche de oro de nuestro viaje. Un placer: la comida, la bebida, la atención, el clima ambiental del local, la charla…

Fueron tres días de confortable y enriquecedora convivencia Regresamos a casa con nuevas vivencias en nuestro equipaje y creo que con nosotros el sol de Oporto, que nos acompañó todo el verano.

Ana Eva Suárez

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