Crónica del fin de semana largo, viaje al románico palentino y otros

Publicado por a 24 septiembre, 2018

Por Susana Suárez Doval y María Pardo

El viernes 29 de junio de 2018, con un día bastante caluroso, nos reunimos como siempre, en la explanada del Aquarium Finisterrae de A Coruña, un grupo de personas dispuestas a pasar un fin de semana entre piedras centenarias y cargadas de historia.
A las 15:00 de la tarde nos pusimos en marcha, y tras la obligada pausa para estirar las piernas y tomar un café, o lo que se tercie, llegamos, en el autobús, a Aguilar de Campoo, en Palencia, para comenzar a disfrutar del fin de semana que suponía el “viaje al románico palentino y otros”, organizado por la AACC.
Tuvimos el alojamiento en el peculiar “Hotel Posada Santa María la Real”, antiguas caballerizas del Monasterio románico ubicado en el corazón de Castilla León y que fue adaptado para acoger a los viajeros de una manera verdaderamente original y deliciosa, pues las estancias conservan su antigua estética de lugar de campo, pero con todas las comodidades que la modernidad y el confort exigen.

Tras una sabrosa cena en el propio hotel, nos encaminamos hacia las estancias del monasterio para disfrutar de una visita teatralizada nocturna a la iglesia y el claustro románico de Santa María la Real. Un “abad” nos mostró, a la luz de las velas, los secretos encerrados entre esas piedras, que tantas cosas podrían contar si nos pudieran hablar. Entre otras cosas, el expolio sufrido por los propios capiteles del claustro románico, que hoy en día se hallan en las salas del Museo Arqueológico Nacional de Madrid…lo cual no deja de sorprender al visitante, que, en vez de ver capiteles decorados, se encuentra con mazacotes de piedra.
Tras esta peculiar mirada al pasado, nos retiramos a nuestros aposentos porque al día siguiente nos esperaba un día plagado de monumentos y visitas por hacer.

El sábado, 30 de junio, efectivamente, nos levantamos con todas las ansias por conocer el patrimonio que se escondía entre lomas y campos y finalmente, nos encontramos frente a frente con el más impresionante románico rural palentino, la iglesia de san Juan de Moarves, donde un imponente “Panto crator” de piedra, nos bendice desde lo alto del friso, profusamente decorado, de una de las entradas a la iglesia, claramente influenciada por la escultura medieval francesa y con reminiscencias de un pasado evidentemente clásico. Sorprende la magnífica decoración de la puerta de esta iglesia, todo un evangelio en piedra.

Después le tocaba el turno al monasterio de san Andrés de Arroyo, recientemente restaurado y que presenta una pulcritud sorprendente. Al traspasar el muro que, antiguamente rodeaba a todos los monasterios medievales, nos recibe el rollo de justicia, ya que la abadesa disfrutaba de “privilegio de horca y cuchillo”, aunque este rollo se encontraba realmente en lo alto del cerro (el Cerro de la Horca) donde los reos eran ajusticiados, fue traído aquí en tiempos pasados.
Una vez que llegamos al claustro, nos deleitamos con unos maravillosos capiteles decorados hasta extremos insospechados, con motivos vegetales y de filigranas.

Una vez, hubimos adquirido unos dulces que elaboran en el monasterio, “Raquelitos” y que ocultan una truculenta historia de plagios y expulsiones monasteriales, nos fuimos a visitar el siguiente monumento.

El monasterio de santa Eufemia de Cozuelos (o Cozollos) se encuentra en plena comarca palentina de la Ojeda y actualmente está en manos privadas, que lo han convertido en un atractivo centro de turismo rural.
Desaparecido el claustro, la iglesia es el único espacio que conserva un claro aire medieval. Resulta curioso en esta iglesia, la presencia de unos pequeños pasadizos abovedados que comunican entre sí los brazos del crucero. En el exterior, sorprende la verticalidad y la contundencia de las formas de los ábsides y del crucero.

Para rematar la mañana, nos quedaba una joya del románico, extraña y cautivadora, bello ejemplo del románico rural, denominada ermita de santa Cecilia de Vallespinoso de Aguilar.
Este templo presenta una extraña planta rectangular y un ábside semicircular y presbiterio recto. Llama la atención desde el exterior, la iglesia está en lo alto de un cerro, una estructura circular pegada a uno de sus muros y que alberga una escalera de caracol que ascendía al actualmente derribado campanario.
Una vez nos acercamos a esta preciosa iglesia, podemos admirar la profusa decoración de sus capiteles interiores y de su portada, excesivamente grande para el tamaño de la ermita, y con una decoración que sobresale los marcos de la puerta y se extiende hacia los muros, con una iconografía sorprendente y novedosa para la época, como es una extrema unción y un pesaje de almas.

Tras esta ingesta de arte románico, el estómago nos pedía la ingesta de otro tipo de sustancias para alimentar el cuerpo y por ello nos dirigimos a comer al restaurante “La cueva”, donde son muy apreciadas sus croquetas.

Una vez hubimos degustado exquisitos platos, no nos quedó más remedio que seguir alimentando nuestro espíritu. Para ello nos dirigimos a la iglesia de los santos Julián y Basilisa, de Rebolledo de la Torre, ya en la provincia de Burgos. La parte que más nos interesaba de esta iglesia es su pórtico meridional, lo único románico que aún se conserva. Y merece realmente la pena, ya que nos recuerda a estas iglesias de pórtico lateral de la provincia de León y Segovia tan característico del arte románico castellano leonés. Está este pórtico, profusamente decorado tanto en el exterior como en el interior, y conserva una armonía de formas y una estética plácida.

La siguiente parada fue una sorpresa, pues nos esperaba el templo rupestre de los santos Justo y Pastor, en Olleros de Pisuerga. Es este templo, una iglesia excavada en la roca, donde aprovecharon las oquedades de las paredes para evitarse hacer muros y bóvedas artificiales. Radica la belleza de este espacio en lo tosco de su resolución y en lo temprano de su factura, pues data del siglo VII, así como en la exuberancia del entorno. Nos cuentan que está estratégicamente orientada para que en el solsticio de verano, la luz del sol incida de una manera destacada en el interior del templo.

Lo último que nos restaba para ver en el día, era el monasterio de santa María, situado en Mave.
A pesar del alto nivel de exigencia mantenido durante todo el repertorio del día, esta iglesia no defrauda en absoluto, debido a lo extraño de sus bóvedas, probablemente influenciadas por los artistas que, venidos de Francia, trabajaron en estos contornos. Son estas bóvedas de horno, las que coronan lo alto de las naves, rematando en un crucero cubierto con cúpula semiesférica sobre cubierta octogonal. Los capiteles, sin embargo, no llaman la atención por su decoración y sí son bastante uniformes.

Y con esta visita, remataba la jornada del sábado. Por la noche, algunos fueron a una cena ya concertada, y otros se dedicaron a saborear las delicias nocturnas de Aguilar de Campoo, no hasta muy tarde porque al día siguiente tocaba volver a madrugar.

Descanso merecido y madrugón , a las 8 de la mañana siguiente salíamos para ir al Museo de la siderurgia y minería de Castilla y León, en Sabero. Tomamos un café antes de iniciar la visita y el edificio era impresionante, edificio neogótico de la Ferrería de San Blas. Nos fueron explicando todo y al final nos llevaron a una exposición temporal en la que se recreaba el ambiente de la mina detallando sus peligros y posibles enfermedades.

A continuación nos dirigimos al Museo de la Fauna Salvaje en Valdehuesa, el enclave fabuloso. La visita fue unicamente interior, viendo salas con animales muy bien disecados de diferentes continentes, con pinturas originales del paisaje y plantas representativas de las distintas zonas. No dejaron sacar fotos. También los que quisimos bajamos a ver fuera del museo una sala de insectos, donde encontramos la polilla que aparece en la película del Silencia de los corderos.
Seguidamente tocó la comida en la Cueva del Cura, como siempre muy abundante y el sitio, auténtico.

De ahí nos marchamos y sobre las 20:00 hrs llegamos a Coruña

Retornamos a casa muy cansados, pero con el recuerdo de lo visto en nuestras retinas y con muchas ganas de hacer el siguiente viaje.

 

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