Crónica de la excursión a Silleda y Lalín

Publicado por a 23 noviembre, 2017

Por Ana Eva Suárez

 

 

Una fotografía en mi memoria recorrió con el bus Bandeira, camino a la Catarata del Toxa, a Fervenza do Toxa, y recordé el asombro de aquellos que supieron que me fui de allí sin haberme acercado a este hermoso paisaje donde se puede sentir la vitalidad de una de las cascadas más altas de Galicia. Tuve ocasión de saldar esta asignatura pendiente en la mañana del 28 de octubre, gracias a la Asociación de Amigos de Casa de las Ciencias.
Todavía se escuchaban las quejas de la tierra por el fuego, en un lamento sereno, sin rencor pero suplicante , latiendo en un hermoso y pacífico paisaje que contrasta con el ánimo autodestructivo de la humanidad. A pesar de ello, en el cuidado camino de regreso hacia el bus, con el optimismo que da el ejercicio al aire libre, pensé que todavía queda algo de esperanza.
En un café cercano, nos esperaba nuestra guía María Abuín Fernández, gran amiga del Románico. Con ella nos acercamos al Monasterio de San Lorenzo de Carboeiro, situado al lado del Río Deza, cuya voz se puede escuchar desde la cripta y nos habla del máximo esplendor del monasterio durante los siglos XII, XIII y XIV; de una época de decadencia posterior que se unió al abandono de la desamortización de Mendizábal, en el XIX y dio paso a un período de restauración en la segunda mitad del siglo XX, aunque del monasterio no se conserva casi nada. La Iglesia está influenciada por el estilo de la catedral de Santiago.
También en Silleda, visitamos la acogedora y para mí, bella Iglesia de Santiago de Breixa, también románica, aunque poco se conserva de este estilo, la cual destaca por algunos elementos singulares como el bestiario medieval de sus capiteles. Tras la visita a la Iglesia de San Pedro de Ansemil, formada por una iglesia románica y una pequeña capilla gótica unidas entre sí, nos despedimos de María Abuín, quien sabe contagiar su pasión por el Románico.
La mañana nos fue abriendo el apetito para disfrutar, aunque no estuviésemos en la antesala del Carnaval, de un esmerado Cocido de Lalín, referente gastronómico bien conocido por muchos; como siempre, en muy buena compañía. El personal del restaurante La Molinera cuidó de ello en todo momento. Con calma, nos fuimos en bus al Centro Tecnológico de Lalín, el de Castro Deza, donde una joven guía nos mantuvo atentos por su simpatía y naturalidad, a pesar de las horas y a pesar de la supresión de para algunos una acostumbrada siesta. El edificio gusta en su forma y en su contenido. Llama la atención su estilo vanguardista (construido por los arquitectos Luis M. Mansilla y Emilio Tuñón), referente de la arquitectura español del siglo XXI, de diseño circular como los castros.
Sus cuatro salas son un paseo en los que la tradición y las nuevas tecnologías se conjugan para mostrarnos de una manera mágica los diferentes paisajes de la comarca, con sus castros, ríos caminos, ermitas e iglesias; por los mitos y leyendas populares y por la gastronomía.
El tiempo se escurrió rápido y así llegamos a nuestra última visita por ese día, la del parque de Rodo, en Lalín. Nos recibió el paisaje y el espíritu del otoño, con sus cálidos tonos y el crujir de sus casi infinitas hojas. Allí, nos sentamos en los bancos de piedra, en la esquina de su célebre “Mesa parroquial”, creada por el escultor César Portela, que destaca por sus 33 metros de longitud y 3,5 metros de ancho. Un acogedor y saludable cuadro natural que invita al ocio intergeneracional. Sonreí al oír a unos niños decir, mirándonos sin disimulo: “Hoy hay muchísimos turistas”. Y con esa sonrisa, nos volvimos a casa, sin prisas, después de un agradable, interesante y relajante día.

 

 

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