Crónica de la excursión a Ribadeo y Foz

Publicado por a 12 marzo, 2017

Por Ana Eva Suárez

 

 

No sabemos qué tipo de pacto hizo Javier Novelle con el clima que nos acompañó en nuestra excursión, en aquella intempestiva semana de enero. El sábado 28, contamos con una agradable temperatura y una hermosa luz que nos hizo saborear mejor cada instante.

Sin prisas, en la bajamar, momento apropiado, respiramos con la Naturaleza en la Playa de las Catedrales (Playa de Aguas Santas); una de nuestras bellas playas gallegas, en la Costa de Lugo. Curioseamos por algunas de sus cuevas, arcos y corredores y disfrutamos de los caprichos que la geología construyó tal vez por azar, tal vez para nuestro placer. Alguien se divirtió desafiando la marea, que no era ofensiva pero que parecía querer jugar con nosotros. Los zapatos mojados no interrumpieron el camino. Sin esperar colas, sin tener acotado el espacio, pudimos disfrutar como niños sobre la arena, siendo, como adultos, conscientes de ello.

Hubo espacio para un café antes de dirigirnos a Ribadeo. En el bus, se nos iba explicando el camino. Llamaban la atención, presumidas, las casas indianas, típicas de Ribadeo; el lado sonriente de una experiencia dura y difícil, la emigración; de nuevo la emigración, eterna, actual. A menos de 3 km del centro de Ribadeo, al final de la carretera del Faro, nos acercamos a la Isla Pancha. Sabíamos que encontraríamos el puente hasta la isla, cerrado; pero eso no nos privó de lo más interesante y hermoso, la vista. Allí, de lejos, se ve el exterior del faro, de 1857, el primero faro que se quiso convertir en hotel. Cerca, merenderos y una acogedora cala. Una mezcla armónica de colores salpicados por el Cantábrico.

Antes de llegar a la zona histórica de Ribadeo, caminamos por el Puente de los Santos, que une las dos riberas del Eo; detuvimos nuestra mirada en la capilla de San Miguel; casi tocamos la zona de descarga del hierro, que se hacía desde las vagonetas directamente sobre los barcos. La ría se presentaba ante nosotros tranquila y dorada. Si la recordamos, todavía podemos sentirla.

Desde el muelle, nos acercamos al casco histórico en el ascensor panorámico de Ribadeo, construido en acero y cristal. A través de los huecos de la cabina, veíamos la ría.

Ribadeo, declarada Bien de Interés Cultural en 2004, conserva un casco antiguo, encantador. Se mezclan casas modernistas, historicistas, eclécticas, tradicionales. Destacan edificios religiosos como la capilla de La Trinidad y el Convento de Santa Clara; laicos como la Torre de los Moreno, edificio emblemático de la ciudad; la Casa Consistorial, de estilo neoclásico; la Casas del Pantín o la Casa de Sela; las casas indianas de la Rúa de San Roque…

Como siempre, el tiempo para comer fue un espacio agradable y suculento. En la cofradía de Rinlo, situada en un puerto de origen medieval con el mismo nombre, fui testigo de cómo cambiaban las mesas para el segundo turno, tras nosotros. Era una coreografía que parecía de Disney, digna para presentar en una escuela de hostelería. Llegamos con tiempo a la iglesia “catedral” de San Martiño, lo cual sirvió para que diésemos un pequeño paseo, para que el camino nos quisiese regalar limones, para subir al cementerio. Al lado de la basílica, el obispo San Gonzalo tiró una zapatilla y de allí brotó agua. Así nació la fuente de A Zapata, que dicen tiene propiedades milagrosas.

La basílica, la más antigua de España (originaria del siglo VI, reedificada en los siglos X y XII) y posiblemente de Europa, cuenta con tres naves, con tres ábsides a la cabeza. Fue construida en un lugar solitario para evitar los ataques de normandos y vikingos. Actualmente sirve como templo parroquial y también alberga el Museo Parroquial de San Martiño de Mondoñedo.

Cerca de allí, tras la piedra y el mar, visitamos el “Espazo Caritel”, un regalo que durante 25 años construyó Daniel Ríos, conocido escultor, para su hija, recién nacida. Diferentes árboles y arbustos procedentes de diversos puntos geográficos conviven en la tierra del extenso jardín, que mojó de nuevo nuestros zapatos. Humedad necesaria para la vida de las diferentes especies de camelias que allí crecen bajo el cuidado y los mimos de Daniel Ríos. A la naturaleza se une el arte, no sólo en el jardín, también en la sala donde vimos una muestra con esculturas que hablaban de la violencia de la guerra, así como un montaje realizado conjuntamente con el poeta Baldo Ramos.

Un día intenso. Regresamos ,agradeciendo entre sueños y charla ,todo lo vivido.

 

CreativeQuico