Crónica de la excursión a Pontevedra y alrededores

Publicado por a 24 noviembre, 2016

Por Ana Eva Suárez

Pontevedra es hoy una ciudad distinta. Durante catorce años se ha trabajado en un proceso de mejora por el que Europa la mira con admiración. Allí se cuida el aire, se evita la contaminación acústica, se mima el agua. Sus calles peatonales convierten el centro en tranquilas estancias llenas de vida, la de todos y todas. Una ciudad accesible, acogedora. La “Ciudad de los Niños”, de Tonucci. Nosotros quisimos dejarnos guiar, como niños, por la simpática experta coruñesa, Inés Brandido. De nuestra parte, el sol.

Vimos temprano el jardín de La Alameda, que invita tranquilo al ocio y a la calma. En la Avenida Montero Ríos, nuestra mirada fue para las ruinas góticas de una maltratada iglesia de los Dominicos, que fue salvada de ser demolida gracias a la Comisión Provincial de los Monumentos. Muy cerca, la Diputación, la Facultad de Bellas Artes y el IES Valle Inclán, en los jardines de Vicenti. La Naturaleza y la mano del hombre conviven aquí con armonía y respeto.

Nos divertimos buscando al santo de las gafas en la Basílica de Santa María, de estilo gótico, construida por encargo del Gremio de Mareantes de los pescadores.

Conocimos algunas de sus plazas. En la de las “Galiñas”, también llamada de Méndez Núñez, un monumento representa a una mujer dando de comer a una gallina. En la de la Leña, donde se rodó La Lengua de las Mariposas, disfrutamos de su espectacular crucero y sus animadas terrazas. Paseamos por la plaza de la Verdura (antes Feira Vella), llamada así por ser el lugar donde se vendían verduras, castañas y frutas; en la de la Ferrería, la más concurrida, encontramos la Iglesia de la Peregrina, símbolo de la ciudad. Muy cerca de la plaza del Teucro, también llamada Plaza del Pan porque cerca había cantidad de hornos, encontramos el Teatro Principal, para mí un sitio especial.

Rápido llegó la hora concertada para visitar el Museo Provincial, considerado uno de los museos provinciales más importantes de España, tanto por la calidad como por la cantidad de sus fondos distribuidos en seis edificios. Además, destaca su archivo y su biblioteca, siendo un importante centro de investigaciones.

Y llegó la hora de comer. La cita para ello, el Restaurante Parrillada Santi, en Poio, Como siempre, genial.

Cuando tal vez media humanidad española dormía la siesta, nosotros dimos un paseo por una de las que dicen es visita obligada, el Monasterio de Poio, a 4 km de Pontevedra.

De origen impreciso, pasó de los benedictinos a los mercedarios, (en 1890), tras la huida de los primeros (en 1835), con la desamortización. Fruto de ello es el doble legado que nos dejaron: por un lado, el antiguo convento benedictino (donde destaca su iglesia que combina clasicismo y barroco; el claustro de las procesiones y la escalera de honor, barroca, que parece estar suspendida en el aire) y, por otro lado, el convento moderno, con dos patios y una capilla.

Nos cautivó el mosaico que muestra el Camino de Santiago francés, obra de Antón Machourék, embelleciendo aún más uno de los claustros. Para volver con tiempo, la biblioteca, de las más importantes de Galicia, poseedora de miles de volúmenes, muchos donados por “Antonio Rei Soto”.

Ya en el exterior, algo más nos sorprendió. Algunos de nosotros nunca habíamos visto un hórreo tan largo; de unos 121 metros. Abrazando al monasterio, uno de los hermosos paisajes gallegos, que nos llevó a la que es considerada una de las más hermosas aldeas de Galicia: Combarro.

Combarro no pasa desapercibida. Es posible que sus gentes hayan aprendido desde muy pronto a convivir con nosotros, los visitantes, y a compartir su magia. Las tascas y las tiendas nos invitaban a acercarnos, y lo hacían con suavidad. Nos hubiésemos parado a hablar con sus gentes, conocedoras posiblemente de múltiples leyendas, pero el tiempo, creación humana, no nos dejó continuar ese agradable paseo bajo el sol, donde fotografiamos en nuestra memoria sus tres elementos típicos: las casas, los hórreos y los cruceiros. No nos olvidaremos de sus casitas naciendo en el mar, y, salvo en la Rúa Ciega, mirando hacia él; ni de sus numerosísimos hórreos, protectores de alimentos; ni de sus cruceiros, protectores de caminos,

Antes de regresar a casa, visitamos el carballo de Santa Margarita, “El Carballo”, como así se le llama, que tiene más de 400 años. Lo quisimos imaginar sano e imponente, como fue en sus mejores momentos, pero nuestra visita tuvo que finalizar, y con ella, la excursión. En el bus, ya nos ilusionamos con la siguiente: Ribadavia.

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