Crónica de la excursión a O Grove

Publicado por a 2 diciembre, 2018

Por Ana Eva Suárez

 

El Grove o Grobe, cálida y hermosa tierra de “mecos” y de quien por allí tenga la fortuna de pasar, con calma; como nosotros, que, en una soleada mañana, el 27 de octubre, nos dejamos abrazar por su armonía, sosiego y belleza.
Sobre el acantilado, la Fortaleza de la Lanzada, constituida por una torre medieval, una necrópolis neorromana y una capilla-ermita románica, hoy protectora de un admirable paisaje de campo, mar, luz y arena. Aquí siguen acudiendo mujeres para saltar las nueve olas, rito de fecundidad que data de tiempos lejanos.

Desde el monte Siradella, a 1600 metros de altura, no importó la lluvia para buscar la higuera donde colgaron al “Meco”, señor feudal nada querido por su pueblo ya que abusaba del derecho de pernada. Cuando preguntaron quién lo había asesinado, todos se declararon culpables, y así, el pueblo quedó libre. Dicen que los frutos de la higuera están teñidos de rojo con la sangre del Meco. Nosotros la vimos en un estado enfermizo, agonizando entre el granito.
En el Museo de la Salazón, en la Parroquia de San Vicente, paseamos por sus diferentes secciones mientras un guía que creció allí nos iba explicando cómo era la pesca y el marisqueo, el proceso de salazón y tonelería, nos mostró los detalles de la carpintería de ribera, los motores marinos y primer instrumental electrónico, así como la conserva hermética, redes y cordelería.

Al salir, el paisaje continuaba tranquilo, sin más personas que nosotros.
Un agradable lugar con un rico menú nos esperaba cerca, en el Restaurante Viana, donde la interesante conversación nos hizo olvidar el tiempo, que pronto nos conduciría a nuestra siguiente visita, el Acuario del Grove, cuyo objetivo es la conservación, la educación y la investigación.

Me pareció curioso ver a los peces más pequeños dando vueltas unos detrás de otros, como suelen hacer al principio los niños y las niñas cuando se les pide que bailen en un espacio reducido. Allí, nos asombró la gran variedad de especies: de aguas dulces, como la trucha, la carpa o la tortuga de Florida; de aguas frías, como el Rodaballo, la Morena o el San Martiño; de aguas cálidas, como el Caballito de Mar, la Gamba Boxeadora o el Cirujano Amarillo. Tuvimos que dejar el Acuario del Grobe para ir a otro lugar de agua y color, la Isla de la Toja.

Tres burros nos saludaron amistosos al llegar: Emilia, Pardo y su hijo Bazán. Y es que hace más de un siglo, Emilia Pardo Bazán quiso mostrar las gracias de la Isla de la Toja, paraje al que acudía cuando podía, y escribió la leyenda del burro que sanó gracias a los beneficios de sus aguas; razón, se cree, por la que los romanos no se quisieron ir, y también punto de interés para el turista actual.

Continuamos el camino hacia la Aldea de los Grobits, rincón escondido de fantasía y color, donde pudimos fotografiar y entrar en las pequeñas construcciones inspiradas en el Señor de Los Anillos, visita que nos acercaba al fin de nuestra excursión. Hubo una última parada en la Ermita de San Sebastián, del siglo XII, también denominada de las Conchas o de San Caralampio, patrón de los cojos y los borrachos, protector de la isla, santo que fue torturado porque la fortaleza de su alma era una amenaza para el emperador. La singularidad de la capilla es estar recubierta de conchas de vieiras, técnica usada para proteger de la humedad.

A unos metros, nos refugiamos de la lluvia mientras disfrutamos del aroma y la estética de la antigua fábrica de jabones de La Toja. Y así nos despedimos del Grove, un paraíso gallego al que gusta regresar.

CreativeQuico