Crónica del viaje a Ribadumia

Publicado por a 16 abril, 2019

Por Ana María Correas Galán

  • ¿Dónde encuentras la inspiración?

  • Según el día

Esta es la respuesta que me da Manolo Paz en su casa-taller que visitamos como cierre de una jornada de camelias, vinos y sol.

La jornada comienza puntual, como siempre y dentro de lo esperado en estas actividades, y a las 8:30 partimos de la explanada del Acuario. Somos pocos, no llegamos a 20, pero estamos con ánimo de pasar un día que nos acompañará en la climatología.

En la parada para tomar café, Javier me asalta con “¿tienes mucho chollo?” No es fácil decir que sí y negarse a hacer la crónica. Aunque es un responsabilidad. Una no sabe si va a cumplir bien su cometido, si tomará las notas adecuadas, o mínimas, para dejar en la memoria de la Asociación un día de disfrute “conociendo Galicia”.

Después de reponernos ligeramente –incluso despertarnos con un café un pedacito de bizcocho de chocolate o limón, según la preferencia- nos dirigimos al Pazo de Rubianes. Una verja, y una aldaba iluminada por un leve rayo de sol, nos dan la bienvenida. En la piedra, una placa llama mi atención “Parque botánico del Pazo de Rubianes. Jardín de excelencia. Sociedad internacional de la camelia”. Es la antesala de un hermoso palacio rodeado de jardines –franceses e ingleses- huertas y viñedos, en los que se pueden contemplar más de 4.000 camelias de 800 variedades distintas. Pero no sólo esto, los alcanforeros, magnolios (“de los primeros en Galicia” según reza alguna cartela), rododendros, cipreses, calocedros o metrosideros nos saludan ofreciéndonos sus mejores galas en este día soleado y cálido. Demasiado cálido para estar en Galicia y en el mes de marzo.

Nuestro guía, Jorge, nos explica que el Pazo fue construido por Don Ruy Fernández en el año 1411, quien había recibido las tierras y la vieja torre en la feligresía de Santa María de Rubianes de su antepasaso Don Ruy García de Caamaño. Testigo de la historia es una inscripción que apenas podemos apreciar en el muro y que, según fuentes consultadas, señala “Fizo Fernández de Caamaño anno 1411”. Don Ruy se casó con doña Inés Fernández de Silva, con quien tuvo dos hijos: don Martín Becerra de Caamaño y don García de Caamaño, apodado “el viejo” y “el hermoso”. Sería éste último quien, a la marcha de don Ruy a la batalla de Olmedo, heredó las posesiones familiares y fundó, unos kilómetros más allá del Pazo Vilagarcía (12 de mayo de 1441).

Buen punto de partida histórico. Pero estamos deseando adentrarnos en los jardines y el palacio. Y así lo hacemos a continuación. Lo primero que se abre ante nuestros ojos es el esplendor de estos jardines franceses, fundados por Dolores de Urcola Zuloaga -doña Lola-, señora muy longeva (vivió 101 años) y amante de las flores, en especial las camelias.

Uno de los primeros camelios que nos encontramos es un ejemplar de Camelia sinensis, conocido como el árbol del té. Se trata de un arbusto de poco más de 2 metros con unas espectaculares flores blancas y de cuyas hojas se extrae el té. Primero el blanco, seguido del verde, el rojo o el negro, según la edad y el grado de oxidación de las hojas.

Se desconoce cómo llegaron los primeros camelios a Europa procedentes del sur de China y el sudeste asiático. Ya fuera el botánico y explorador escocés británico sir Robert Fortune -quien introdujo 20.000 pies de estos árboles en India- o los portugueses, sí que sabemos que esta bebida ha pasado de ser consumida exclusivamente por el Emperador a una de las más populares en las sociedades actuales por sus propiedades antioxidantes.

A continuación nos adentramos en el edificio. El Pazo fue reconstruido por Jacobo Ozores y Mosquera en el siglo XVIII. Podemos pasear por algunas estancias: el salón de baile, con un clavicordio y algunos cuadros de gran valor como “Judith decapitando a Olofernes” del Duque de Rivas; el salón de té o la biblioteca donde se conserva el documento del nombramiento del primer alcalde de Vilagarcía. Lo que más sorprende en esta última estancia es la colección de pesas de bronce. Es una lástima que las imágenes que tomamos hayan de ser “robadas” ante la prohibición de sacar fotos.

Salimos y nos encaminamos al jardín inglés. No sin antes detenernos en uno de los paseos de camelias más hermosos de la finca. En el camino hacia los viñedos nos detenemos en el estanque que, en su día, fue utilizado como piscina en los meses más calurosos. Hoy es un lugar idóneo para la población de ranas que, a sus anchas, nadas en unas aguas repletas de vida debajo del manto de algas y hojas.

El día avanza y nosotros, admirados por la exuberancia de árboles y arbustos, comenzamos a sentir necesidad de beber. Nos prometieron una cata del albariño que se produce en el Pazo y ya nuestras gargantas parecen reclamarlo. Pero antes de llegar a esta merecida recompensa, contemplamos los viñedos y, al fondo, un majestuoso eucalipto –el más antiguo de España- nos observa. Es uno de los árboles salvados del incendio que hace años destruyó parte de la cosecha.

Las primeras camelias que llegaron al pazo, allá por 1830, nos acompañan en nuestros últimos pasos hacia la zona de catas. ¡Pero, no tan deprisa compañeros! Antes de eso, debemos subir para contemplar el mar y un tronco de eucalipto que cayó en la carretera y hubo de ser trasladado a lo más alto de la finca por expreso deseo de la marquesa. Un trabajo no poco complicado pero que da fe del empeño que caracteriza a este pueblo gallego.

Y, finalmente, contentos –y algo cansados pues han sido dos horas de paseo y paradas, vamos hacia la bodega. ¡Ah, no aún no! Nos queda entrar en la pequeña capilla familiar que, una vez al año, abre sus puertas al pueblo para la celebración de una misa. Hasta allí llegan con ofrendas para Nuestra Señora. Lo más interesante son dos confesionarios que no lo parecen. Su estrecho fondo esconde un elemento casi portátil y donde la confesión es segregada. ¿Qué tiempos!

Ahora ya sí. En la bodega nos espera una mesa dispuesta con vino y queso. Creo que en este punto, es necesario detenerse un momento y rememorar los olores y el sabor de las flores de queso que tanto admiramos en aquel instante (simplemente, no sé cómo describir las sensaciones de cada uno)

Nos sentimos mejor y nos gustaría quedarnos un poco más pero a la indicación de Javier ¡Vaaaaamos, que llegamos tarde! Salimos disparados hacia el yacimiento arqueológico del Monte do Castro.

Reconstruido con barro y cemento en 2011, la guía, a la que no conseguimos oír demasiado bien, nos cuenta que hay planes para cerrarlo todo como medida de protección. No entendemos muy bien cuál será la manera en que lo van a cerrar –si cubriéndolo todo con lonas, enterrándolo de nuevo o construyendo una cubierta que lo proteja de vientos y otros meteoros. Habrá que esperar para ver qué sucede.

De momento, seguimos camino que nos esperan en la Bodega de Santiago Roma. Santiago es un tipo dicharachero que nos recibe ofreciendo la mano a los caballeros y con dos sonoros ósculos en las mejillas de las señoras. Me consta que alguna se mostró un tanto reacia a tan esplendorosa bienvenida pero le resultó difícil zafarse.

Y con el mismo entusiasmo se lanza a exponernos en un gallego veloz las principales características de la barrica oval de piedra que acaricia con dulzura y golpea a pequeños toquecitos mientras nos desentraña los datos: granito gris de Lalín (el mejor para sus fines), con un grosor de pared de 10 cm y un peso de 2 toneladas; la porosidad de la piedra le otorga la particularidad de una microoxigenación constante en el interior y la forma oval que permite un movimiento constante del líquido por corrientes de convección que lo hacen tener la textura y el color blanquecino que luego comprobaremos. La piedra y sus componentes minerales también le dan al vino un ligero toque salado, difícil de apreciar en el primer sorbo pero muy agradable a medida que consumes la copa. La limpieza del interior es, nos asegura, fácil: tan sólo agua caliente. ¡Vaya, todo parecen ventajas! El único problema, de momento, es el coste: de 8.000 a 10.000 euros. No parece que vaya a ser muy fácil su comercialización.

Santiago lleva dos años con esta aparente “nueva” forma de criar albariño. Sin embargo, su inspiración la encontró en los romanos quienes empleaban la piedra para la producción de sus vinos. Como vemos, la innovación en ocasiones es una reinvención.

Nos despedimos de Santiago quien, sonriente como nos recibió, nos despide quizá a la espera de que podamos reunir los 60 euros que puede costarnos una de sus botellas. ¡Salud, y ánimo con esa internacionalización de barricas y vino!

Hemos cubierto parte de la jornada y hemos tomado unos vinos. El hambre empieza a azuzar. ¿Hora de comer? Sí, pero no sin antes detenernos en un el centro de interpretación de la Ruta de pedra e auga de los Molinos de Barrantes. Con rapidez, vemos una de las dos moliendas que, en movimiento muele el maíz.

En la Taberna Os Castaños, la larga mesa aguarda nuestra llegada. Seguro que la comida no defrauda por la cantidad. Esperamos comprobar la calidad. Croquetas, tortilla y chipirones fritos dan paso al plato principal, compuesto por carne asada en salsa y acompañada de guisantes y un postre clásico –tarta de la abuela o flan de café-. Al llegar el momento de los cafés, los que estamos más alejados de la cabecera -es decir, Javier- ya estamos preocupados. “Seguro que no tendremos tiempo de tomarlo sin abrasarnos”, comentamos. Y la profecía se cumple. Debemos darnos prisa, aun a riesgo de sufrir quemaduras en nuestro tracto digestivo) si no queremos quedarnos en tierra.

Entre risas y charlas muy diversas, el autobús nos traslada al Monasterio de Armenteira, lugar donde San Ero se quedó dormido gracias a la tranquilidad del lugar. Y allí permaneció durante 200 años. El frío del Monasterio no invita a permanecer mucho tiempo en su interior, así que, visitamos la tienda y vamos Cambados. Allí nos han prometido un paseo por la localidad.

Visita al cementerio. Esto no lo esperábamos pero las cosas son así. Desde luego, el lugar es un tanto insólito. En especial llama la atención la estrechez de las tumbas más antiguas ¿Cómo demonios enterrarían allí a sus difuntos? No debían ser muy grandes, desde luego.

Empezamos a sospechar que este “paseo urbano” es poca cosa. Subimos de nuevo al microbús y Javier nos informa de que una sorpresa nos espera en la Fundación. Pero, ¿qué fundación?, esto no estaba en el programa, ¿verdad? Mejor no preguntar mucho más y esperar a ver qué sucede ahora. El microbús, precedido por Pilar en su coche, llega a un punto por el cual no cabe. ¡Madre mía, y ahora tendremos que caminar para llegar a la Fundación! Calma, no está lejos. Nos detenemos ante a puerta de madera que anuncia “Fundación Manolo Paz”. Es el propio Manolo quien nos espera y atiende. Con su sombrero de estilo gondolero y sus gafas redondas nos desentraña el paso del tiempo a través de su magnífica obra. Piezas de gran tamaño realizadas en granito, madera, hormigón o metal encofrado salpican el precioso jardín que se abre a la ría. Pero lo mejor es que sea el propio Paz, autor de la Familia de menhires de Coruña, quien lo cuenta de una manera tan natural y cercana que parece que lo conozcas desde siempre.

Una de las cosas que llaman nuestra atención es un pequeño bosquete y cabaña de bambú. Seguro que, en verano, es el lugar perfecto para protegerte.

Nos colamos en el taller donde descubrimos la esencia de la creación de este “hombre de la tierra” que un día pasó “del satélite al monolito” para centrarse en reflexiones en el valor de la cultura autóctona, sus signos, sus materiales y su diálogo con la memoria del lugar donde se van a colocar.

¡Qué mejor colofón para un día de vino y camelias!

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