Crónica del Camino del Ézaro

Publicado por a 3 mayo, 2021

Por María Pardo

Resulta bastante extraño escribir una crónica a toro tan pasado…ni más ni menos que más de un año. Por una parte, se me había olvidado totalmente este viaje y por otro lado, con la triste noticia que tuvimos, parece que mi cabeza quiso olvidar todo y no sufrir más de lo necesario.
Ahora lo veo desde otro punto de vista, y creo que en honor y homenaje a Javier, debo escribir esta crónica. No sólo porque se la debo a él, si no, porque os la debo a todos y porque así cerramos una etapa, y podemos emprender una etapa nueva.
Esta excursión fue especial, porque además de ver mucha naturaleza espectacular, fue la última excursión en la que disfrutamos de Javier. Así que, y aunque no me acuerdo mucho, vamos a por ello.

Salimos a las 8:30 de la mañana, como era costumbre en excursiones así, de la explanada del Aquarium Finisterrae
Tras hacer la parada de rigor en Coristanco, para tomar un café que nos entonara un poco el cuerpo, nos dirigimos hacia la Fervenza de Castriz, tras dejar atrás un cruceiro y un peto de ánimas muy especial.
La Fervenza de Castriz es espectacular por el paisaje y su recorrido. Primero hace como una especie de laguna y después el río Mira va discurriendo entre pedregales y cascadas y dejando a su paso, una serie de molinos, que no es que estén en su mejor momento, pero que se dejan ver. El paseo se puede hacer con toda facilidad, porque tiene una pasarela de madera en todo el recorrido, y porque el pavimento está en bastante buen estado.
Con el ruido y la imagen del agua recorriendo su camino en la retina, nos dirigimos hacia Zas, para ver el puente de Brandomil. En realidad es un puente medieval, pero dice la leyenda que tuvo su orígen en un puente romano, que formaría parte de la vía XX la famosa “per loca marítima”, que solían utilizar los romanos para transportar el estaño y otras mercancías entre Brácara Augusta y Asturica Augusta (Braga – Astorga), pasando por Brigantium (Coruña) y Lucus Augusti (Lugo).
El caso es que, sea romano o medieval, es un puente impresionante y bellísimo, que se sobrepone al transcurso del río Xallas y que tiene, en sus alrededores, los restos de un castro. Desde luego, merece la pena hacer una parada y pasear un poco por allí.
Con respecto al programa original, cambiamos uno de los destinos porque, en principio, íbamos a ver el dolmen da Piosa, pero me dio miedo el camino, que no estaba en condiciones de ser transitado, y dado que nos encontrábamos en una zona de gran variedad megalítica y con multitud de dólmenes, fuimos a ver uno de ellos, de mejor acceso. Se trata del Arca do Rabós. Es un lugar muy interesante, porque además de poder ver el enterramiento pétreo en sí, también pudimos distinguir varias mámoas en los alrededores, y darnos cuenta de la dificultad que supone identificar uno de estos enterramientos milenarios cuando están tapados y cubiertos por un bosque de eucaliptos. Aún así, siempre es interesante y emocionante descubrir los enterramientos de nuestros antepasados y fantasear con la posibilidad de que haya unos cuantos más por allí esparcidos bajo los eucaliptos.
Después nos dirigimos a San Martiño de Ozón, templo medieval que se encuentra incluído en la “ruta do románico” de la Costa da Morte. Esta iglesia fue un antiguo cenobio y, conserva parte de su pasado románico en los ábsides y en los canzorros que decoran tales ábsides. Estos canzorros (o canecillos), típicamente románicos, son animales fantásticos y figuras estrambóticas que nos miran y nos desafían desde lo alto de la edificación, bajo los tejados y a los que también merece la pena echarles un vistazo. Siempre es recomendable llevar prismáticos en estas visitas.
Además, la finca tiene otra peculiaridad, y es un tremendo hórreo que compite con el de Carnota en longitud y tamaño. No es tan grande ni como el antes mencionado, ni como el más grande de Galicia, que todo el mundo dice que es el de Lires, pero es de un tamaño considerable e impresionante. Esto nos ayuda a formarnos una idea del poderío que el convento debió tener en su momento.

Nos fuimos a comer a Muxía, a un restaurante del centro, en donde comimos bien, pero en donde nos eternizamos por la lentitud del servicio. Javier, que era un hombre sabio y curtido en mil batallas, ya me lo advirtió….
El caso es que, una vez terminamos de comer y como de fervenzas y agua iba la cosa, enfilamos el camino hacia nuestra siguiente parada, As Caldeiras do Castro. Otro bellísimo paraje que la gente de la zona, utiliza, y de ahí el nombre de caldeiras, para darse refrescarse en verano, cuando el agua del mar está o demasiado fría o demasiado brava para meterse en ella. Es esta fervenza, otro lugar precioso, donde el transcurrir del río Castro, se convierte en una serie de piscinas naturales, que hacen que el baño sea algo más que apetecible. También está acondicionado para las visitas y es un agradable paseo llegar casi hasta la beira del río.
Nuestra última visita del día iba a ser a la fervenza más famosa de Galicia, diría yo, por su espectacularidad, y por ser la única fervenza de Europa que desemboca directamente en el mar. Me estoy refiriendo, obviamente a la cascada del rio Xallas en Ézaro. A pesar de la mini central eléctrica y que está parcialmente entubado, siempre es una maravilla contemplar sus 40 metros de caída y ver como poco a poco va erosionando parte de otro monte mágico y especial en Galicia, como es el Monte Pindo, y sus características piedras rosadas. Fue una pena porque, debido a la construcción de una pasarela para acercarse a la Fervenza, no pudimos verla desde todo lo cerca que nos hubiera gustado, y tuvimos que conformarnos con verla desde un poco más lejos e intuir el ruido y la espuma que provocaba su caída.
Sin más, nos subimos al autobús y emprendimos el viaje de retorno a Coruña. Ninguno sabía que iba a ser el último.

 

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