Crónica de la visita al Pórtico de la Gloria

Publicado por a 11 marzo, 2019

Crónica de la visita al Pórtico de la Gloria

Por Moncho Núñez

 

 

Sábado, 16 de febrero. Salimos, como siempre puntualmente, y echando un vistazo a los periódicos que en este día hablaban –otra vez- de elecciones, mientras el sol ya prometía una jornada primaveral. El autocar de César nos llevó suavemente hasta el aparcamiento de Juan XXIII en Santiago, desde donde fuimos caminando hacia la Catedral. Ya rotas las filas, y bien aconsejados por Javier, optamos por aprovechar la holgura de tiempo y tomar un café en lugares distintos, pues lo de entrar 40 juntos no sería aconsejable. Algunos optamos por la cafetería del Hostal, que fue una buena opción.

Para la visita al Pórtico tuvimos que dividir el grupo en dos, pues existe límite de aforo por motivos de conservación. Antes de pasar recibimos todos juntos una útil explicación del significado arquitectónico del Pórtico, que nos ayudó a contextualizarlo en el tiempo (imaginando el primer templo románico) y en el espacio. Luego, mientras un subgrupo entraba, el otro quedaría en el salón del palacio de Gelmírez, donde se pudieron ver, además de las ménsulas con escenas propias de un banquete medieval, algunas muestras escultóricas de elementos de la catedral que actualmente no figuran en el Pórtico.

Y luego, entramos. Algunos íbamos con idea de admirar un extraordinario trabajo de restauración. También de apoyar otra vez los dedos (esta vez virtualmente) en la columna de mármol del árbol de Jesé, y para darnos los croques (ahora también virtuales), con el Maestro Mateo, a ver si continúa infundiéndonos sabiduría. Llegamos, y admiramos. De nuevo volvimos a sentir la emoción previa al concierto celestial, viendo a los 24 ancianos del Apocalipsis afinar sus instrumentos allá arriba, y mucho más cerca la belleza serena del rostro de Santiago. En esta visita reparamos en detalles que nos pasaron inadvertidos o eran imposibles en otras ocasiones, como el realismo de las llagas del Cristo que preside todo el conjunto glorioso, el precioso azul de lapislázuli en el manto del ángel que porta la columna de la flagelación, y los colores recuperados del capitel de la Santísima Trinidad o del pilar de los profetas. Pero aquí creo inevitable una mención expresa.

El profeta Daniel, “Danieliño”, sigue siendo mi figura preferida. La leyenda popular dice que tiene esa sonrisa pícara porque está mirando el busto de una exuberante reina Ester, o quizás reina de Saba, que se encuentra en la columna de enfrente. También dicen las malas lenguas que la censura consiguió que se realizase una intervención, por la cual a la dama se le quitó parte de su atractivo pectoral, resultando en unas tallas menos. En cualquier caso, el profeta mantiene intacta su sonrisa, para regocijo de visitantes, y la reina conserva sus mejillas ruborizadas en prueba de complicidad. El Maestro Mateo nos regaló en el siglo XII ese rostro sonriente que es toda una joya del románico. Vemos un profeta joven, rubio y barbilampiño, en curiosa consonancia con la tradición judía que defiende que Daniel fue castrado, cuando tras la caída de Jerusalén estuvo entre los cautivos que fueron llevados a Babilonia. Entonces tenía unos 14 años, y con tres compañeros judíos pasó a formar parte del selecto grupo de eunucos en la corte del rey Nabucodonosor (el famoso Nabuco). El profeta Daniel, sabio y recto, tendría una larga vida, y gracias a Mateo, una imborrable sonrisa. Con ella nos despidió.

Algunos gastrónomos del grupo optaron por completar la visita almorzando en Compostela. Los demás volvimos paseando al autobús, acariciados por un sol de primavera y una temperatura deliciosa que daban comienzo a la tarde. Entonces resultaba oportuno recordar los versos de Rosalía:

O sol poniente, polas vidreiras
da Soledade, lanza serenos
raios que firen descoloridos
da Groria os ánxeles i o Padre Eterno.
Santos i apóstoles, ¡védeos!, parece
que os labios moven, que falan quedo
os uns cos outros: i aló na altura
do ceu a música vai dar comenzo,
pois os groriosos concertadores
tempran risoños os instrumentos.

¿Estarán vivos?, ¿serán de pedra
aqués sembrantes tan verdadeiros,
aquelas túnicas maravillosas,
aqueles ollos de vida cheos?
Vós que os fixeches de Dios coa axuda,
de inmortal nome, Maestre Mateo:
xa que ahí quedaches homildemente
arrodillado, faláime de eso:
máis con eses vosos cabelos rizos
Santo dos croques, calas…i eu rezo

 

 

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