Crónica de la visita a los alrededores de Pontevedra

Publicado por a 6 febrero, 2020

Por María Pardo

El sábado, 25 de enero, nos reunimos temprano en la explanada del Aquarium Finisterrae, para emprender una excursión que nos llevaría a conocer un poco más en detalle los lugares que rodean la ciudad de Pontevedra. Era ésta una excursión que nos iba a llevar a comprender un poco más, sobre nuestros ancestros, visitando una necrópolis de la edad del Bronce, en la zona de Vilaboa para, un poco más tarde acercarnos a un lugar que nos trasladaría a Versalles y sus jardines, el Pazo de Lourizán, cerca de Marín. Pero, como era de esperar en las excursiones de la Asociación de Amigos de la Casa de las Ciencias, también tendríamos una pizca de Patrimonio, visitando el mosteiro de Armenteira, y para rematar, así como por la mañana habíamos viajado a Francia, sin movernos de Galicia, esta vez cruzaríamos el charco, para llegar hasta Estados Unidos, y ver de cerca, algunos ejemplares de uno de sus árboles emblemáticos, las sequoias rojas de California.

Serían aproximádamente las 10 de la mañana, , tras el café de rigor en el único bar de la zona, llegamos a nuestra primera cita con la historia de la mañana, más concretamente con la Prehistoria, pues nos disponíamos a ver la necrópolis de Chan de Castiñeiras, situada en el concello de Vilaboa, y en particular, acercarnos a una de las mámoas más importantes de nuestro legado cultural, conocida como Mámoa do Rei. Resulta emocionante pensar que estás ante un monumento funerario utilizado por los habitantes de Galicia de hace alrededor de 2500 años. Y es que la mámoa do Rei, a pesar de haber sido expoliada y destruida en repetidas ocasiones, conserva las losas de la cubierta y las colocadas en vertical, así como el característico corredor de este tipo de construcciones. Fue recientemente restaurada y nos hace imaginarnos cómo pudo haber sido en su momento. El entorno, además era idílico, pues nos encontrábamos en una zona de bosque de carballos con algunos ejemplares de caballos semi salvajes, campando a sus anchas.

Aprovechando el buen tiempo que nos acompañaba, fuimos hasta Marín para conocer el Pazo de Lourizán y las casi 53 hectáreas de jardines que lo rodean.

No exajero si digo que el Pazo de Lourizán tiene más en común con el Palacio de Versalles, que con el resto de pazos y casas grandes que nos podríamos encontrar por la zona. Y es que es Lourizán un pazo especial. Para empezar, fue construido por uno de los grandes arquitectos de principios de siglo XX de nuestro país, Antonio Palacios, autor de numerosas obras en la cercana ciudad de Vigo.

El edificio se podría catalogar como modernista – ecléctico y bellísimo en cualquier caso. Desgraciadamente no se permiten las visitas en el interior, por la sencilla razón de que no hay suficiente dinero para financiar su restauración y la seguridad de los visitantes. Es por ello que nos quedamos con la miel en los labios. Sin embargo, la visita en sí, merece muchísimo la pena, con tal de perderse entre los maravillosos jardines que lo rodean. El pazo y los jardines, pertenecieron al político, Eugenio Montero Rios, y se dice que fue escenario de las conversaciones para llegar al Tratado de París, de 1898, que pondría fin a la guerra hispano americana. Anteriormente, y ya desde época medieval, la finca había sido una granja y del siglo XV se conserva un palomar en perfecto estado.

Atendimos a las solícitas explicaciones del antiguo director del recinto, actualmente sede del Centro de Investigación Forestal de la Xunta de Galicia, Javier Silva, que hizo de Cicerone excepcional, y que nos fue contando detalladamente los intríngulis de la cada ejemplar de todas las especies arbóreas presentes en el jardín, con presencia destacada de los camelios, ya que este pazo forma parte de los pazos que conforman la ruta de la camelia de Galicia.

Nos hubiéramos quedado allí más tiempo, pero nuestros estómagos nos decían que era hora de parar y no sólo alimentar el espíritu….

Tras una deliciosa comida en Marín, emprendimos de nuevo el camino, esta vez para ver el mosteiro medieval de Santa María de Armenteira, pero haciendo una parada en el camino, para bajar un poco la comida y, de paso caminar bajo las copas de las sequoias que vimos en el desconocido y sorprendente bosque de Poio. Es éste el bosque de sequoias más nutrido de toda Europa, pues hay 500. Se plantaron en 1992 recordando el épico viaje que llevó a Cristóbal Colón a descubrir el nuevo continente.

Se conoce que las condiciones de la montaña que lleva a Armenteira es el lugar idóneo para que crezcan los ejemplares de sequoia roja de California, porque hasta aquí vinieron ingenieros estadounidenses para asegurarse de la idoneidad del terreno y de que su plantación era la correcta. Habrá que volver dentro de unos años para poder contemplar estos ejemplares, pertenecientes a una de las especies más altas del planeta.

Y, finalmente, y tal y como figuraba en el programa, llegamos al monasterio cisterciense de Santa María de Armenteira. No sé si realmente éramos conscientes de lo afortunados que éramos al poder contemplar uno de los rosetones más hermosos de las iglesias medievales de nuestro entorno, y de poder disfrutar de la pureza de las líneas y la arquitectura en estado puro, que caracteriza el arte cisterciense. Esta orden cree que la decoración en la arquitectura, distrae a los monjes de sus tareas fundamentales, ora et labora. Además, en ésta ocasión, nos encontramos con uno de los pocos ejemplos de la arquitectura medieval gallega, que cuenta con influencias de la España mudéjar, especialmente llamativo en la cúpula del crucero y en la decoración de arquitos de herradura que decora la puerta principal de entrada. Este monasterio, nos cuenta la leyenda, fue fundado en 1168 por un adinerado caballero, llamado Don Ero, y en el que él mismo se convirtió en abad. Asimismo, su esposa, ingresó también en otro monasterio, hoy desaparecido, para mujeres, que había en un solar cercano.

No podíamos abandonar la zona sin acercarnos hasta el claustro, del siglo XVIII y comprobar que las actuales moradoras del convento, monjas benedictinas, saben muy bien lo que se traen entre manos, y entre rezo y rezo elaboran toda una serie de productos de primera calidad, desde los jabones, hasta el aceite de camelia, pasando por las típicas pastas conventuales.

Una vez saciada nuestra ansia compradora, y dejando a la monja de la tienda, tan sola como la encontramos, volvimos a subir al microbús para que Suso nos condujera, prudentemente, hasta nuestro punto de partida, la explanada del Acuario, pero siendo unas personas distintas, tras el estupendo día que pasamos al aire libre y pensando ya en nuestro próximo destino…

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