Crónica de la excursión a Burela

Publicado por a 23 enero, 2020

Por Juan Rico

 

 

El pasado 23 de Noviembre a las 8 de la mañana, nos reunimos como de costumbre en la explanada del Acuario para iniciar otra etapa de nuestro “Redescubrir Galicia”. Acompañados por la amenaza de la borrasca “Cecilia”, pusimos rumbo a la Mariña lucense, siendo nuestro destino Burela.

Nuestro objetivo en este viaje es geológico. Burela tiene un área geológica única, conocida internacionalmente como zona de cizalla basal del manto de Mondoñedo, presentando el conjunto de pliegues mejor conservado de Galicia. Nuestro viaje se centró en las áreas conocidas como O Pedrouro y A Marosa. Contamos con la compañía del geólogo Fran Canosa que, pertrechado con su material didáctico, láminas, mapas, pizarra, etc., montó el aula al aire libre.

Tras un breve descanso, café incluido, iniciamos el recorrido saliendo del puerto y dirigiéndonos hacia la playa próxima al espigón. Allí comenzó su introducción sobre la formación de las rocas, los diferentes tipos, su edad etc., pasando a continuación a explicar los mecanismos de deformación de las rocas. Aquí Cecilia nos interrumpió y hubimos de buscar refugio en una de las cuevas de la playa. Pasado el chaparrón, pudimos observar los arcos rocosos así como el comienzo de la rasa cantábrica que desde aquí se extiende hasta el cabo Peñas y nos dirigimos hacia el Puerto para ver de cerca los pliegues allí existentes, conociendo su nomenclatura según la curvatura, forma, etc.

De allí salimos hacia A Marosa. Aquí las rocas graníticas son el objeto de las explicaciones de Fran. Tras una introducción sobre los tipos de rocas, se centró en describir la evolución de un macizo granítico y su evolución hasta llegar a las “bolos”. Se observaron los efectos de la erosión costera que originan pías, acanaladuras y cavidades. El cielo y el mar nos avisaron de una nueva visita de Cecilia y apenas nos dio tiempo a refugiarnos en el autobús para contemplar un mar realmente enfadado, mientras nos azotaba el viento y caía una intensa lluvia. Tras amainar, nos dirigimos al puerto, en donde nos esperaba el bonitero “Reina del Carmen”, convertido en barco-museo.

Este barco, con todo su equipamiento funcionando, nos permite conocer las condiciones en la que los pescadores afrontaban su tarea, cómo vivían a bordo en esos diminutos espacios: cocina, literas, retrete-ducha etc. Pasamos a continuación a ver los camarotes, algo mayores, del patrón de costa y del de pesca así como el puente, con los instrumentos de navegación y descendimos bajo cubierta. Allí visitamos la sala de máquinas, el pañol y una diminuta zona de literas para el descanso de la tripulación. Pasamos luego a la bodega. Esta zona, originalmente la nevera en la que se almacenaban las capturas, se ha transformado en un espacio expositivo en el que se muestran las artes empleadas: cerco, nasas, palangre, curricán, enmalle, arrastre, etc. Gráficos, fotografías y las explicaciones del guía completaron una magnífica información.

La comida que vino a continuación, nos ayudó a reponer fuerzas, al tiempo que generó una animada charla comentando lo visto y vivido durante la mañana. Tras una corta sobremesa, partimos hacia la cercana iglesia de Vila do Medio. Allí nos esperaba Begoña, para guiarnos en nuestro recorrido por la iglesia.

Esta iglesia fue cerrada en 1962 al construirse la nueva Parroquial de Santa María, quedando abandonada y arruinándose paulatinamente. En 1973, de forma totalmente casual se descubren unas pinturas en una de las paredes, debido probablemente a que la lluvia eliminó la capa de cal que las protegía. A raíz de este hallazgo, se procedió a su restauración. Su origen es anterior al siglo XV y en el siglo XVIII sufre una gran reforma en la que se le dota de una nave lateral y que, al abrir dos grandes arcos, se lleva por delante las pinturas ocultas bajo la capa de cal. Las pinturas, datadas entre los siglos XVI y XVII, representan escenas de la Pasión de Cristo, se encuentran en bastante mal estado y debido a la humedad y a la escasa ventilación van perdiendo detalles. La consellería de Cultura ha elaborado un proyecto para la conservación de las pinturas, que parece ser de ejecución inmediata. Confiemos en que llegue a tiempo.

Dejamos atrás Burela y nos encaminamos a San Cibrao, concretamente a Morás para visitar los conocidos como “acantilados de papel”. El paisaje del entorno presenta un aspecto inquietante. El terreno está sembrado de unas enormes estructuras de hormigón, conocidas como dolos, piezas geométricas de unas 50 toneladas de peso, desechos de la construcción del dique de Alcoa. Dejando atrás este “jardín de piedra”, pasando entre bloques de piedra de formas caprichosas, se asciende a la zona alta de los acantilados, de unos 30 metros de altura, desde donde se puede ver el resultado de la acción del viento y el agua sobre las masas de granito, que semejan una gigantesca cartulina plegada y doblada, justificando su nombre. La vista desde allí es sobrecogedora. Unas paredes verticales que forman enormes pliegues y abajo, en el fondo, las olas batiendo fuertemente y cuyo sonido amplificado por la propia estructura de las paredes, llega hasta el asombrado espectador.

Abandonando Morás, emprendemos el camino de retorno con la satisfacción de haber vivido un día mágico.

 

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